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Sep

María tiene un problema: No sabe decir que no. Sus compañeros le piden pequeños favores y ella los hace encantada, aunque tenga que dejar sus propios asuntos para más tarde. Con frecuencia sale tarde del trabajo porque su jefe le pide que se quede. Y en casa, con su familia, se repite la misma situación, los asuntos de los demás siempre son más importantes que los suyos. De hecho, con frecuencia se olvida de sus propias cosas. Y aunque a veces preferiría no hacer algunos favores, piensa que no vale la pena decir que no. Total, no hay para tanto. La otra persona podría molestarse si le digo que no, y a mí no me cuesta nada hacerlo -piensa ella-. Y así, va pasando el tiempo y a María cada vez le cuesta más dedicarse a sus propios asuntos, cada día está más cansada, empieza a estar algo irritable y siente que no tiene ningún tipo de control sobre su vida aunque no sabe porqué.

10 razones para decir noY es que a María, en el fondo, le dan miedo los conflictos, aunque ella probablemente no lo sabe. A decir verdad, le produce pánico pensar que la otra persona podría enfadarse si le dice que no. Es más fácil contentar al otro que gestionar un conflicto. Y puede suceder que haya llegado al punto en el que ella no se da cuenta que en realidad no quiere hacer estos pequeños favores. Y poco a poco se va cargando más y más. Está muy cansada y sus propios asuntos no funcionan.

Hasta que un día ya no puede más y explota. De muy malas maneras le dice al otro que no piensa hacerle ningún otro favor. Y la otra persona se sorprende porque ella siempre había accedido con amabilidad y una sonrisa en los labios, por no decir que su reacción ha sido completamente desproporcionada. Con lo cual ya tenemos el conflicto servido. Aquel conflicto que María trataba de evitar a toda costa aunque no se diera cuenta de ello.

¿Te reconoces en esta historia? Las personas como María suelen olvidarse de sus propias necesidades y asuntos para complacer a los demás. Lo que sucede es que tienen un pánico atroz al conflicto -este miedo suele ser inconsciente- y por eso no saben decir que no. Como mecanismo de defensa, se olvidan de sus propias necesidades y de esta manera pueden volcarse en las del otro.

Esta manera de funcionar sólo puede sostenerse a base de desconectarse de uno mismo más y más y de ir aguantando todo lo que le echen. Hasta que ya no pueden más y un día explotan. Y lo hacen de la peor manera posible y de forma desproporcionada. Y por si fuera poco, los demás les tratan de egoístas porque ya no quieren complacerles más.

La solución a este enredo vital en el que viven pasa por adquirir conciencia de lo que hacen. No hay ningún problema en hacer favores a los demás siempre y cuando uno elija libremente hacerlos. Pero las personas como María no eligen, lo hacen de manera automática, sin pensar si quieren hacerlo o no. Ahí está el quid de la cuestión.

Hay otro tema. Lo que les hace actuar de esta manera automática es el miedo al conflicto. A que la otra persona se pueda enfadar, al rechazo por no complacerla. Y para salir de ahí es preciso aceptar que el conflicto forma parte de la vida y en ocasiones es inevitable. Y es mucho más adaptativo focalizar la energía en afrontar el conflicto y resolverlo que intentar evitarlo.

decir que noNo es nada fácil cambiar nuestros patrones de funcionamiento. Hemos aprendido a funcionar de una determinada manera porque en su momento esta forma de comportarnos nos resultó útil. Pero ahora ya no lo es. Nuestros automatismos representan un problema y nos frenan en muchas cosas. Y el primer paso para dejar de comportarnos de manera automática siempre es darnos cuenta de lo que hacemos, adquirir conciencia de nosotros mismos y de nuestra manera de estar en el mundo.

Y todo esto pasa por un proceso. Un proceso de trabajo personal en el que con frecuencia necesitamos algún tipo de ayuda externa. No pasa nada por dejarse ayudar cuando lo necesitamos. Porque si no salimos de este bucle en el que estamos metidos, estamos condenados a repetir nuestros patrones, a tropezar en la misma piedra una y otra vez. Y eso nos hace sufrir.

Merece la pena darse una oportunidad de cambiar, ¿no crees?

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